RESIDENCIA
MÉDICA, MALTRATO INSTITUCIONAL Y SALUD MENTAL: DESAFÍOS PARA UNA FORMACIÓN
EMOCIONALMENTE SOSTENIBLE EN MÉXICO
MEDICAL RESIDENCY, INSTITUTIONAL ABUSE, AND MENTAL
HEALTH: CHALLENGES FOR EMOTIONALLY SUSTAINABLE TRAINING IN MEXICO
ENSAYO
Andrea Sara Soriano Luna
Especialista en Calidad de la Atención Clínica
División de Calidad. Hospital General Regional N°
25, Instituto Mexicano del Seguro Social. México
ORCID: https://orcid.org/0009-0008-5983-0259
Jorge Alfredo Huitrón Muñoz
Residente de Cirugía Plástica y Reconstructiva
Centro Médico “Lic. Adolfo López Mateos”. México
ORCID: https://orcid.org/0009-0006-4997-2355
José Juan Castillo Pérez*
Doctor en Salud Pública
División de Control y Seguimiento a Procesos de
Atención en UMAE, Coordinación de Unidades Médicas de Alta Especialidad,
Instituto Mexicano del Seguro Social. México
Ciudad de México, México.
ORCID: https://orcid.org/0000-0002-3725-3541
Correo electrónico: jose.castillope@imss.gob.mx
Recibido: 17/12/2025
Aceptado: 20/03/2026
DOI:
https://doi.org/10.53436/VS2161JD
D’perspectivas
siglo XXI,
Volumen 13, Número 26, Año 2026. Julio-diciembre
ISSN(e):
2448-6566
Este
es un documento de acceso abierto bajo la licencia
Creative
Commons 4.0 Atribución-No Comercial
(CC
BY-NC 4.0 Internacional)
Resumen
Objetivo:
Analizar críticamente el maltrato institucional y el desgaste emocional durante
la residencia médica en México desde una perspectiva de salud pública,
educación médica y salud mental.
El
presente trabajo corresponde a un ensayo crítico sustentado en revisión
narrativa de literatura científica nacional e internacional, así como en
documentos normativos relacionados con la formación médica especializada y las
condiciones laborales de los médicos residentes en México.
Resultados: La
evidencia revisada muestra que el maltrato durante la residencia médica
constituye un fenómeno persistente caracterizado por abuso verbal, humillación,
intimidación, jornadas extenuantes y normalización institucional del sufrimiento.
Estas prácticas se asocian con burnout, depresión, ideación suicida,
deterioro del desempeño clínico y afectaciones en la seguridad del paciente.
Asimismo, se identifica la ausencia de formación emocional formal como una
limitación estructural del modelo tradicional de enseñanza médica.
Conclusiones:
El maltrato institucionalizado en la residencia médica representa un problema
de salud pública con implicaciones éticas, clínicas y formativas. Integrar
estrategias de acompañamiento emocional, regulación laboral y formación
socioemocional constituye una necesidad para avanzar hacia modelos de formación
médica más seguros, humanistas y sostenibles.
Palabras clave:
residencia médica, maltrato institucional, salud mental, educación médica, formación
emocional.
Abstract
Objective: To critically analyze institutional abuse and
emotional exhaustion during medical residency in Mexico from the perspectives
of public health, medical education, and mental health.
This
work corresponds to critical essay based on a narrative review of national and
international scientific literature, as well as normative documents related to
specialized medical training and the working conditions of medical residents in
Mexico.
Results: The reviewed evidence indicates that the abuse during medical residency
is a persistent phenomenon characterized by verbal abuse, humiliation,
intimidation, exhausting work hours, and the institution normalization of
suffering. These practices are associated with burnout, depression, suicidal
ideation, deterioration of clinical performance, and impacts on patient safety.
Additionally, the absence of normal emotional training is identified as a
structural limitation of the traditional medical education model.
Conclusions: Institutionalized abuse in medical residency
represents a public health issue with ethical, clinical and educational
implications. Integrating strategies for emotional support, labor regulation,
and socio-emotional training is essential for progressing towards safer, more
humanistic, and sustainable medical education models.
Introducción
La
salud pública contemporánea ha centrado su atención en la construcción de
sistemas eficientes, el diseño de políticas basadas en evidencia, la mejora de
indicadores de desempeño y la garantía de cobertura universal (Braithwaite
et al., 2020). Sin embargo, existe una paradoja
estructural persistente y escasamente interrogada: ¿cómo puede un sistema de
salud garantizar cuidado de calidad cuando quienes lo proveen se encuentran
sistemáticamente descuidados, maltratados y emocionalmente fracturados?
Este
ensayo propone una lectura crítica de la formación médica especializada en
México, particularmente dentro de instituciones como el Instituto Mexicano del
Seguro Social (IMSS), desde una perspectiva de salud pública que reconoce en el
maltrato institucionalizado hacia los médicos residentes no un evento aislado
ni una experiencia individual desafortunada, sino una falla sistémica con
repercusiones clínicas, éticas, epidemiológicas y políticas profundas(Anger
et al., 2024; Shanafelt & Noseworthy, 2017).
La
evidencia internacional ha documentado de manera consistente que entre el 30 %
y el 89 % de los médicos residentes experimentan alguna forma de maltrato
durante su formación (Fnais
et al., 2014; Hu et al., 2019; Leisy & Ahmad, 2016; Sadrabad et
al., 2019), de ellas el abuso verbal, la
intimidación, la humillación pública, las tareas punitivas y el acoso sexual son
las manifestaciones más frecuentes (Fnais
et al., 2014). Un metaanálisis que incluyó 51
estudios reveló que el 59.4 % de los residentes ha sufrido al menos una
experiencia de acoso o discriminación (Fnais
et al., 2014). Los perpetradores han sido
identificados predominantemente como médicos de mayor jerarquía, preceptores y
supervisores, lo que evidencia un fenómeno cíclico incurrido por la cultura
jerárquica y la normalización institucional del abuso (Leisy & Ahmad, 2016).
Las
consecuencias de este maltrato estructurado son severas y están ampliamente
documentadas, las que incluyen estrés crónico, síntomas compatibles con
trastorno de estrés postraumático, depresión mayor, ideación suicida, consumo
problemático de sustancias, y trastornos mentales comunes (TMC) que afectan
hasta al 89 % de los residentes sometidos a agresiones frecuentes (Enriquez
et al., 2023; Fnais et al., 2014; Hu et al., 2019; Leisy
& Ahmad, 2016; Sadrabad et al., 2019). Estos efectos no
solo comprometen el bienestar individual del médico en formación, sino que
tienen un impacto directo en su desempeño técnico, en la calidad de la relación
médico-paciente y en la seguridad de los usuarios del sistema de salud (Johnson
et al., 2025).
A
pesar de la gravedad epidemiológica y ética de este fenómeno, el maltrato en la
residencia médica permanece marginal en la agenda académica y de políticas
públicas en México. Este ensayo busca contribuir a su visibilización mediante
un análisis crítico que articula dimensiones históricas, sociológicas,
neurobiológicas y normativas del problema, con el propósito de fundamentar la
urgencia de reformas estructurales que integren el bienestar emocional como un
eje central, no accesorio, de la educación médica.
Análisis
y Discusión
1.
Trauma
normalizado como pedagogía
El
modelo de formación médica especializada en México replica, de manera
inquietante, estructuras propias del entrenamiento militar. Así como jóvenes
soldados ingresan a las fuerzas armadas con expectativas de disciplina, honor y
servicio, solo para enfrentar experiencias traumáticas no procesadas que
derivan en trastorno de estrés postraumático (Mark
et al., 2018), los médicos residentes ingresan a
sus programas de especialización con una convicción casi mística de salvar
vidas, obtener prestigio y ejercer una profesión respetada, pero se encuentran
con una realidad radicalmente distinta, un proceso de supervivencia, no de
aprendizaje (Villanueva,
2019; Weurlander et al., 2019).
La
residencia médica se ha configurado históricamente como un rito de paso que
exige la supresión de la vulnerabilidad, el silenciamiento del error y la
resistencia al agotamiento físico y emocional como prueba de aptitud
profesional. Este modelo pedagógico, heredado de tradiciones médicas del siglo
XIX y principios del XX, permanece vigente pese a que sus fundamentos han sido
ampliamente cuestionados por la evidencia contemporánea en educación médica y
salud ocupacional.
La
analogía con la milicia no es metafórica sino estructural, ambas instituciones
someten a sus miembros a condiciones extremas bajo la premisa de que la fortaleza
se construye mediante el sufrimiento, ambas normalizan el maltrato jerárquico
como mecanismo de disciplina, y ambas abandonan a sus integrantes sin
contención emocional ante experiencias potencialmente traumáticas.
Los
médicos residentes, particularmente en áreas de alto riesgo como obstetricia,
trauma, cirugía oncológica y servicios de urgencias, son expuestos de manera
reiterada a situaciones perturbadoras, cuerpos mutilados, lamentos de
familiares, confrontación cotidiana con la muerte, y la responsabilidad de
tomar decisiones clínicas bajo presión extrema con consecuencias vitales (Khoodoruth
et al., 2021; Rodrigues et al., 2018; Vance et al., 2021). Esta exposición
repetida se asocia con niveles elevados de estrés (hasta 41.7 %), ansiedad
(hasta 52.8 %), depresión (hasta 67.7 %), y síndrome de burnout que
afecta hasta el 80 % de los residentes(Es-saffar
et al., 2024; Steil et al., 2022).
Lo
crítico no es la exposición en sí misma, inherente al ejercicio médico, sino la
ausencia de contención psicológica y validación emocional. Al no existir
espacios institucionales para procesar estas experiencias, se genera un
fenómeno conocido como “segundas víctimas” (West
et al., 2016), donde el personal de salud que vive
eventos adversos queda traumatizado sin apoyo, lo que deriva en endurecimiento
afectivo, indiferencia emocional y, eventualmente, en la reproducción de
patrones de maltrato hacia pacientes o subordinados (Rinaldi
et al., 2022; Testoni et al., 2023).
La
formación médica actual no enseña a gestionar el impacto emocional del
sufrimiento humano; enseña a reprimirlo. Esta represión institucionalizada
tiene consecuencias neurobiológicas, psicológicas y relacionales que se
analizarán en secciones posteriores.
A
pesar de décadas de avances en pedagogía médica, la formación emocional y el
desarrollo de habilidades psicosociales continúan siendo sistemáticamente
relegados en la mayoría de los planes de estudio de escuelas (Haro & Ayala, 2025) y facultades de
medicina en México y Latinoamérica. Si bien se han incorporado asignaturas como
Ética y Bioética fundamentales para la práctica clínica, la dimensión emocional
del ejercicio médico sigue siendo escasamente abordada de manera estructurada y
continua (Delgado, 2021).
Muchas
instituciones cuentan con servicios de psicología que ofrecen acompañamiento
puntual a estudiantes, internos y residentes ante crisis personales o
emocionales, pero este apoyo es reactivo, no preventivo ni formativo. No existe
en la estructura curricular formal una pedagogía del autocuidado emocional, de
la gestión del duelo clínico, del procesamiento de la culpa, o del
acompañamiento ante el primer paciente perdido (Anger
et al., 2024; Nichol et al., 2024; Weurlander et al.,
2019).
Esta
omisión curricular no es inocente, refleja una concepción profundamente
arraigada del médico como figura impermeable al sufrimiento, como sujeto
técnico antes que humano. La vulnerabilidad sigue siendo vista como debilidad
profesional, no como condición inherente a la experiencia humana que requiere
ser comprendida, nombrada y gestionada.
Más
allá del currículum formal, existe un currículum oculto que opera de manera
implícita pero poderosa en los hospitales escuela, aquel que enseña que mostrar
emociones es inapropiado, que pedir ayuda es signo de incompetencia, que el
cansancio debe ocultarse, y que la invulnerabilidad emocional es requisito para
ser respetado dentro de la jerarquía médica (Morera
et al., 2024).
Este
currículum oculto refuerza narrativas institucionales que niegan la humanidad
del médico en formación. Se aprende, por ejemplo, que llorar tras la muerte de
un paciente es “poco profesional”, que expresar dudas sobre el propio juicio
clínico es “carecer de confianza”, y que solicitar pausas para procesar eventos
traumáticos es “no estar a la altura de la especialidad”.
El
resultado es la formación de profesionales técnicamente competentes pero
emocionalmente fragmentados, incapaces de reconocer sus propios límites, de
establecer relaciones empáticas genuinas con los pacientes, o de construir
entornos laborales saludables para las siguientes generaciones (Benbassat,
2013; Dyrbye et al., 2006; Haque & Waytz, 2012).
2.
Normalización
institucional del maltrato
El
concepto de institución total, desarrollado por Erving Goffman, describe
organizaciones que controlan todos los aspectos de la vida de sus integrantes,
separándolos del mundo exterior y sometiéndolos a un régimen de disciplina
absoluta. Los hospitales escuela, bajo el modelo tradicional de residencia
médica, operan funcionalmente como instituciones totales, controlan el tiempo,
el espacio, el descanso, la alimentación y las relaciones sociales de los
médicos residentes (Villanueva, 2019).
Jornadas
laborales que oscilan entre 80 y 120 horas semanales, equivalentes a dos o tres
empleos simultáneos sin descanso, han sido normalizadas bajo el argumento de
que la formación de excelencia requiere disponibilidad total. Esta lógica
institucionalizada niega sistemáticamente a los médicos en formación el derecho
al descanso, a una alimentación adecuada, al autocuidado físico y a la
reflexión crítica sobre su ejercicio clínico (Weaver
et al., 2020).
Estas
jornadas extenuantes no solo vulneran los derechos laborales fundamentales
establecidos en la Ley Federal del Trabajo (artículos 353-A al 353-I) y en la
NOM-001-SSA3-2012, sino que comprometen directamente la seguridad del paciente
y la calidad de la atención (Shanafelt
et al., 2015; Weaver et al., 2020). La privación
crónica de sueño afecta funciones cognitivas superiores como la atención, la
memoria operativa, el juicio clínico y la toma de decisiones, precisamente las
habilidades críticas para el ejercicio médico seguro.
Uno
de los mitos más perniciosos del modelo tradicional de residencia es la idea de
que la excelencia médica solo puede alcanzarse mediante la resistencia al
sufrimiento físico y emocional (Benbassat,
2013; Nichol et al., 2024). Esta narrativa,
profundamente arraigada en la cultura médica, sostiene que la privación de
sueño, el hambre, el agotamiento y la humillación son necesarios para “forjar
el carácter” del futuro especialista (Morera
et al., 2024).
Sin
embargo, la evidencia científica contradice categóricamente esta premisa. La
exposición prolongada a factores estresantes severos sin mecanismos de
afrontamiento saludables no produce resiliencia; produce desgaste emocional
severo, síndrome de burnout, ansiedad, depresión, abuso de sustancias y
deterioro cognitivo (Dyrbye
et al., 2006; Jackson et al., 2016; Oreskovich et al.,
2012; Rodrigues et al., 2018; Testoni et al., 2023). Lejos de mejorar
la competencia clínica, el maltrato institucionalizado la compromete.
El
modelo pedagógico basado en el sufrimiento como herramienta formativa no solo
es éticamente inaceptable, sino que es clínicamente contraproducente. Los
residentes exhaustos cometen más errores médicos, presentan menor capacidad de
empatía, experimentan mayor desconexión emocional con los pacientes y
reproducen, con mayor frecuencia, patrones de maltrato hacia estudiantes y
colegas (Hu
et al., 2019; Vance et al., 2021; Weaver et al., 2020).
La
normalización institucional del maltrato en la residencia médica también se
expresa en la manera en que el sufrimiento emocional, el agotamiento extremo e
incluso el suicidio de médicos en formación pueden ser minimizados, silenciados
o interpretados como problemas individuales más que como manifestaciones de una
falla estructural. Diversas investigaciones sobre seguridad psicológica
organizacional han mostrado que los entornos laborales altamente jerárquicos
pueden dificultar la expresión de vulnerabilidad emocional, la búsqueda de
apoyo y la denuncia de prácticas de maltrato, particularmente en contextos
sanitarios y de alta exigencia profesional.
En
más de una ocasión, se ha escuchado entre mandos superiores que el suicidio es “estadísticamente
irrelevante” al presentar una probabilidad menor al 0.05, lo que implica, desde
una lectura técnica errónea, que podría “esperarse” en cualquier población. Esta
interpretación no solo revela una deshumanización progresiva del fenómeno, sino
que ilustra cómo la tragedia individual es invisibilizada por una lógica
institucional que privilegia la eficiencia operativa sobre el cuidado del
personal en formación.
Desde
la perspectiva de la salud pública, este tipo de eventos no pueden seguir
considerándose como sucesos aislados ni atribuibles únicamente a factores
individuales o de vulnerabilidad personal. El suicidio de un residente, el
hostigamiento laboral sistemático y la normalización del maltrato dentro de los
espacios clínicos de formación deben ser reconocidos como fallas estructurales
del sistema de salud, y por tanto, abordados como un problema de salud
colectiva que requiere vigilancia epidemiológica, intervención institucional y
reformas normativas (Harvey
et al., 2021; Shanafelt & Noseworthy, 2017).
Así
como se monitorea la prevalencia de enfermedades crónicas o infecciosas,
debería monitorearse sistemáticamente el impacto del entorno laboral en la
salud mental del personal médico en formación. Las condiciones adversas de
trabajo, la ausencia de acompañamiento emocional, el estigma hacia la
vulnerabilidad y el silenciamiento institucional son factores de riesgo
psicosocial que pueden y deben ser intervenidos mediante estrategias de
prevención, regulación y acompañamiento integral (Anger
et al., 2024; Es-saffar et al., 2024; Søvold et al., 2021).
La
residencia médica también puede generar experiencias de aislamiento emocional y
distanciamiento progresivo de la vida personal fuera del entorno hospitalario.
Diversos relatos y reflexiones publicados por médicos en formación describen la
sensación de permanecer física y emocionalmente confinados dentro de
instituciones hospitalarias durante periodos prolongados, observando cómo la
vida cotidiana transcurre fuera de esos espacios mientras las exigencias
asistenciales absorben gran parte de su tiempo, energía y vínculos personales.
Estas
experiencias han sido descritas en distintos análisis sobre cultura
hospitalaria y formación médica, los cuales señalan que los entornos clínicos
altamente demandantes pueden favorecer dinámicas de confinamiento simbólico,
despersonalización y desconexión progresiva de la vida cotidiana fuera del
hospital (Shalaby et al., 2023). La permanencia
prolongada en espacios cerrados, sometidos a ritmos asistenciales intensos y
horarios extendidos, puede alterar la percepción del tiempo, limitar los
vínculos sociales y contribuir al deterioro del bienestar emocional de los
médicos en formación (Butragueño
et al., 2016). Sin embargo, lo verdaderamente
revelador es que esta sensación de encierro no es exclusiva del paciente,
también la viven los médicos residentes.
La
privación sensorial, la pérdida de contacto con ritmos naturales de luz y
oscuridad, la desconexión de relaciones sociales externas al hospital y la
imposibilidad de participar en actividades recreativas o culturales configuran
un entorno de confinamiento funcional que tiene efectos psicológicos bien
documentados: despersonalización, pérdida de identidad, aplanamiento afectivo y
deterioro de la salud mental (Byrne
et al.,
2023; Haque & Waytz, 2012; Lönn et
al.,
2023).
La
metáfora del hospital-cárcel se amplía entonces: la estructura que acoge el
sufrimiento físico también puede contener, y a veces sofocar, el sufrimiento
emocional de quienes intentan aliviarlo.
3.
Consecuencias
neurobiológicas del estrés crónico en residentes e implicaciones de seguridad
en el paciente
El
ejercicio de la medicina bajo condiciones extremas de estrés, jornadas prolongadas
y una cultura institucional que minimiza el autocuidado tiene consecuencias que
trascienden el ámbito emocional, afectando directamente la neurobiología del
profesional de la salud (Anger
et al.,
2024; Søvold et al.,
2021).
La exposición crónica al estrés psicosocial, combinada con la privación de
sueño, la hiperactivación del sistema simpático y el aumento sostenido de
catecolaminas (adrenalina y noradrenalina) genera un entorno fisiológico
desfavorable que potencia el estrés oxidativo a nivel cerebral (Broquet y Rockey, 2004).
La
evidencia indica que el estrés oxidativo, producido por un desequilibrio entre
radicales libres y antioxidantes, ha sido vinculado con procesos de
neurodegeneración, especialmente en áreas cerebrales críticas como el hipocampo,
responsable de la consolidación de la memoria y el procesamiento emocional. A
largo plazo, esta cascada bioquímica reduce la plasticidad cerebral, es decir,
la capacidad del cerebro para adaptarse, aprender y recuperarse frente a nuevas
experiencias o lesiones (Anger
et al.,
2024; Søvold et al.,
2021).
La
disminución de la plasticidad cerebral no solo limita la capacidad de
concentración y la memoria operativa, fundamentales para la toma de decisiones
clínicas (Hoogendoorn
& Rodríguez, 2023; West et al.,
2018),
sino que también afecta la regulación emocional, la empatía y la resiliencia.
De este modo, el agotamiento crónico y la falta de mecanismos de contención
emocional no solo deterioran la salud mental del médico, sino que comprometen
indirectamente la calidad de la atención brindada al paciente (Vance
et al.,
2021).
Este
hallazgo tiene implicaciones críticas para la salud pública, el desgaste
emocional del personal médico no es solo un problema de bienestar laboral, sino
un determinante directo de la calidad y seguridad de la atención. Médicos con
funciones cognitivas comprometidas por estrés crónico y privación de sueño
presentan mayor riesgo de cometer errores diagnósticos, terapéuticos y de
juicio clínico (Shanafelt
et al.,
2015; Weaver et al.,
2020; West et al.,
2018).
La
medicina del siglo XXI no puede seguir ignorando la base neurobiológica del
agotamiento profesional (Hoogendoorn
& Rodríguez, 2023; Søvold et
al.,
2021; Testoni et al.,
2023).
Es imperativo replantear no solo los planes de estudio, sino también las
condiciones laborales dentro de los hospitales, incorporando políticas de
protección neurosanitaria que garanticen la salud mental como un derecho
profesional y un componente esencial de la seguridad del paciente.
El
abandono institucional del que son objeto los médicos residentes no ocurre en
el vacío; se inscribe dentro de un contexto más amplio de crisis estructural de
los sistemas de salud. En México, la creciente demanda de servicios de salud
supera ampliamente la capacidad del personal sanitario disponible. A nivel
global, la Organización Mundial de la Salud estimó un déficit de 4 millones de
trabajadores de la salud en 2006, proyectado a 15 millones para 2030 (Asamblea
Mundial de la Salud, 2016; Jackson et
al.,
2016).
Esta
presión estructural genera un entorno laboral deshumanizado que promueve
prácticas rutinarias, la reducción de la empatía, la mecanización del trato y
la presión constante por mantenerse actualizado en medio de condiciones
adversas (Haque
& Waytz, 2012; Hoogendoorn & Rodríguez, 2023). La sobrecarga
asistencial no es solo una cuestión de eficiencia operativa; es un factor de
riesgo psicosocial que favorece la deshumanización, el distanciamiento
emocional y la vulnerabilidad psicológica del personal de salud.
4.
Hacia
una formación médica emocionalmente sostenible
La
propuesta central de este ensayo es que la formación médica debe experimentar
una transformación estructural que integre el desarrollo emocional como un
componente formal, continuo y evaluable del currículum. Esto implica:
· Asignaturas
obligatorias sobre gestión emocional y autocuidado desde el pregrado, que
aborden el procesamiento del duelo clínico, el manejo de la incertidumbre
diagnóstica, la gestión de errores médicos y el afrontamiento del sufrimiento
humano.
· Espacios
institucionalizados de reflexión y contención emocional dentro de los programas
de residencia, donde los médicos en formación puedan procesar experiencias
traumáticas sin temor a ser juzgados o estigmatizados.
· Formación
docente en acompañamiento emocional, para que los preceptores y supervisores
desarrollen competencias pedagógicas que trasciendan la transmisión de
conocimiento técnico y aborden la dimensión humana de la formación médica.
· Protocolos
de intervención ante eventos adversos, que incluyan acompañamiento psicológico
inmediato para residentes que vivencien situaciones potencialmente traumáticas
(muerte de pacientes, errores médicos, agresiones, etc.).
Es
indispensable que las jornadas laborales durante la residencia médica sean
reguladas conforme a la evidencia científica disponible sobre salud
ocupacional, privación de sueño y desempeño cognitivo. Diversos estudios
internacionales han mostrado que las jornadas prolongadas y la sobrecarga
laboral en médicos residentes se asocian con mayor riesgo de agotamiento,
deterioro del rendimiento clínico y afectaciones en la seguridad del paciente(Weaver
et al.,
2020).
Aunque en México la evidencia empírica sobre este fenómeno continúa siendo
limitada, las condiciones descritas por múltiples residentes y estudios
nacionales sugieren la persistencia de dinámicas laborales que requieren mayor
atención institucional y académica.
Asimismo,
la narrativa de la “vocación médica” no puede continuar utilizándose como
mecanismo de normalización del sufrimiento, la sobrecarga o la precarización
emocional durante la formación profesional. Garantizar una atención médica
segura y humanista implica reconocer que el bienestar físico y mental de
quienes ejercen la medicina constituye una condición fundamental para el
cuidado adecuado de la población.
Desde
la salud pública, es urgente establecer sistemas de vigilancia epidemiológica
de la salud mental del personal sanitario, particularmente de médicos
residentes, que permitan:
· Identificar
factores de riesgo psicosocial en distintas especialidades y servicios.
· Medir
la prevalencia de burnout, ansiedad, depresión e ideación suicida.
· Evaluar
el impacto de intervenciones institucionales sobre el bienestar emocional.
· Generar
datos que fundamenten reformas de política pública.
Este
monitoreo debe ser tan sistemático y riguroso como el que se realiza para
enfermedades transmisibles o crónicas, reconociendo que la salud mental del
personal de salud es un indicador de calidad del sistema sanitario (Melnyk
et al.,
2020).
Conclusión
Este
ensayo ha argumentado que el maltrato estructurado en la residencia médica
mexicana no es un fenómeno marginal ni anecdótico, sino una crisis de salud
pública con dimensiones éticas, clínicas, neurobiológicas y sociales profundas.
La formación médica contemporánea perpetúa un modelo que rompe antes que
formar, que insensibiliza antes que humanizar, y que abandona emocionalmente a
quienes tienen la responsabilidad de cuidar.
La
evidencia analizada permite sostener que el maltrato institucional durante la
residencia médica no constituye un fenómeno aislado ni una experiencia
individual desafortunada, sino una expresión estructural de modelos formativos
que históricamente han normalizado el sufrimiento, la sobrecarga y la
vulnerabilidad emocional como parte del aprendizaje médico. Estas dinámicas
afectan no solo la salud mental de los médicos residentes, sino también la
calidad de la atención, la seguridad del paciente y la sostenibilidad de los
sistemas de salud.
Garantizar
una formación médica emocionalmente sostenible implica reconocer que el
bienestar del personal en formación no es un elemento accesorio, sino una
condición indispensable para el ejercicio de una medicina segura, ética y
humanista. No es posible formar profesionales orientados al cuidado desde
entornos caracterizados por la deshumanización, la violencia jerárquica y el
desgaste emocional persistente.
En
este sentido, las instituciones formadoras y los sistemas de salud enfrentan el
desafío de transformar las estructuras culturales y organizacionales que
perpetúan el maltrato como mecanismo de formación. Integrar estrategias de
acompañamiento emocional, fortalecer la regulación de las condiciones laborales
y reconocer la salud mental de los residentes como una prioridad institucional
constituyen medidas necesarias para avanzar hacia modelos de formación médica
más dignos, empáticos y sostenibles.
El
bienestar de quienes ejercen la medicina no representa únicamente una
responsabilidad ética hacia los profesionales de la salud, sino también una
condición fundamental para garantizar una atención de calidad y fortalecer la
capacidad humana de los sistemas sanitarios.
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