El aprendizaje autónomo vinculante y el desaprendizaje, elementos para aprender en contextos universitarios cambiantes

Relational autonomous learning and unlearning: elements for learning in shifting university contexts

ARTÍCULO DE INVESTIGACIÓN

 

Leticia Villamar López

Dra. en Humanidades: Ética Social

Estancia posdoctoral en el Instituto de Estudios Sobre la Universidad

Universidad Autónoma del Estado de México, México

ORCID: https://orcid.org/0000-0001-6210-5850

Correo electrónico: villamarleticia@gmail.com

 

Nancy Caballero Reynaga

Dra. en Humanidades: Ética Social

Estancia posdoctoral en el Instituto de Estudios Sobre la Universidad

Universidad Autónoma del Estado de México, México

ORCID: https://orcid.org/0000-0001-9095-493X

 

 

Recibido: 04/06/2026

Aceptado: 17/07/2026

 

DOI: https://doi.org/10.53436/VS6121DJ

 

D’perspectivas siglo XXI, Volumen 13, Número 26, Año 2026. Julio-diciembre

ISSN(e): 2448-6566

 

Este es un documento de acceso abierto bajo la licencia

Creative Commons 4.0 Atribución-No Comercial

(CC BY-NC 4.0 Internacional)

 

Resumen

Objetivo: con este texto se propone reflexionar sobre cambios que se necesitan en las estrategias de enseñanza y en las prácticas docentes dentro de los espacios universitarios, lo cual se considera en razón de las renovaciones constantes vividas actualmente. Para lograr dichas transformaciones, se recurre al aprendizaje autónomo, este generalmente se concibe como una actividad en solitario, mientras que los retos de la humanidad solo pueden encontrar soluciones a partir de la colaboración. ¿Cómo educar para hacer frente a los problemas de hoy y aquellos por venir? Se requiere de vínculos y de desaprender para aprender, pues ambos elementos pueden dotar a los alumnos y docentes de preparación para un ambiente incierto. Metodología: Para abordar la problemática descrita esta investigación se inscribe en una metodología cualitativa de carácter teórico-conceptual, desde una aproximación hermenéutico-crítica. El alcance de este estudio es comprensivo e interpretativo, por lo que no se limita a la mera exposición de fuentes, sino que busca la interrelación conceptual para la presentación integral del fenómeno planteado y posibles alternativas de abordaje. Resultados: Se proponen estrategias didácticas que permitan incorporar el desaprendizaje y la vinculación con los otros, para fortalecer la educación superior en contextos en donde prima la inmediatez, la rápida comunicación y la diversidad de cosmovisiones. Conclusiones: La educación superior debe fomentar la adaptabilidad de los profesores y estudiantes. El aprendizaje es un proceso cíclico y que perdura a lo largo de la vida. Desaprender para aprender es clave para afrontar, en comunidad, los retos por venir.

Palabras clave: aprendizaje autónomo, desaprendizaje, vínculos pedagógicos, educación superior.

Abstract

Objective: This paper aims to reflect on the necessary changes in teaching strategies and pedagogical practices within university settings, taking into account current ongoing transformations. To achieve these changes, autonomous learning is often drawn upon; however, while it is generally conceived as a solitary activity, humanity’s challenges can only be solved through collaboration. How can we educate to face the problems of today and those yet to come? Creating bonds and unlearning to learn are required, as both elements can equip students and educators to navigate an uncertain environment. Methodology: To address this problem, this study adopts a qualitative, theoretical-conceptual methodology grounded in a critical-hermeneutic approach. The scope of this research is comprehensive and interpretive; thus, it goes beyond the mere presentation of sources to seek conceptual interrelations that provide an integrative perspective on the proposed phenomenon and potential alternative approaches. Results: Pedagogical strategies are proposed to incorporate unlearning and relational bonding with others, aimed at strengthening higher education in contexts dominated by immediacy, rapid communication, and diverse worldviews. Conclusions: Higher education must foster adaptability among both faculty and students. Learning is a lifelong, cyclical process. Unlearning to learn is key to collectively confronting future challenges.

Keywords: autonomous learning, unlearning, pedagogical bonds, higher education.

Introducción

En esta época de transformaciones sociales, educativas y tecnológicas, en el ámbito de educación superior se hace alusión a la necesidad de que los jóvenes estén preparados para la incertidumbre, el acercamiento con la comunidad y cuestiones que implican capacidad de adaptarse a los entornos cambiantes.

Por lo anterior, en el presente texto se propone que en el contexto educativo se fortalezca la idea de un desaprendizaje, ¿qué significa esto? Realizar una crítica a lo tradicional e incorporar nuevos conocimientos o estrategias didácticas, lo cual se puede lograr a partir de la deconstrucción de las ideas preconcebidas sobre un proceso formativo tradicional, individualista y alineado a las exigencias del mercado. A partir de una pedagogía que subraye la importancia de los vínculos que existen dentro y fuera de las aulas y que desarticule las creencias en torno a la educación, se pretende encaminar al alumnado universitario hacia un aprendizaje autónomo vinculante.

El texto se divide en dos apartados; el primero se concentra en abordar la tensión que existe entre la lógica actual de mercado y la educación superior, esta última llamada a tomarse su tiempo y custodiar en cada una de sus acciones los vínculos que dan razón al aprendizaje. En este sentido, el texto analiza las métricas que han hecho de las Instituciones de Educación Superior (IES) una fábrica de egresados, dejando de lado la formación humana de los estudiantes. A partir del umbral tecnológico actual se argumenta que la idea de un aprendizaje en solitario solo obedece al entorno digital establecido. El aprendizaje no es inmediato, ni fácil; requiere esfuerzo, tiempo y colaboración para llegar a la autonomía y la autorregulación. Por tanto, esta sección propone rescatar la idea de un aprendizaje autónomo emanado del acompañamiento pedagógico y comunitario.

En un segundo apartado se puntualiza que para lograr la articulación con los entornos cambiantes es necesario recurrir al desaprendizaje; primero se enuncia su significado, los elementos que lo componen y el rol de los docentes y de los alumnos, posteriormente se habla de algunas alternativas didácticas que permitirían implementarlo en el aula para lograr alumnos con capacidad crítica, que dialoguen y escuchen con respeto a los demás. A partir de autores como Crispín, Rua, Nussbaum, Harari y Garcés se sostiene que no es posible generar conocimiento ni aprendizaje en la soledad, que los vínculos dentro y fuera del aula posibilitan el aprendizaje autónomo, y que la participación de docentes y estudiantes en la construcción y actualización de los conocimientos es importante para adecuarse a los requerimientos de nuevas generaciones. El aula es el espacio donde es posible desaprender, reaprender y aprender.

Los retos de la humanidad se esbozan en plural, puesto que solo en comunidad se pueden encontrar soluciones, es por ello que la educación superior debe proyectarse en común, desde el vínculo, el cuidado y la ética.

1.   Aprendizaje autónomo desde el vínculo pedagógico

Durante décadas se ha privilegiado en las universidades la obtención de resultados (producción masiva) y no el proceso; exámenes estandarizados, cumplimiento de programas inabarcables en periodos desconectados de la realidad del aprendizaje, ensayos mecanizados, clases magistrales completamente unidireccionales, y la lista crece.

Pensar no es un ejercicio que pueda hacerse en solitario si se quiere observar algún fenómeno desde todas sus aristas, no obstante, la tecnología y, sobre todo, la velocidad con la que se pretenden alcanzar resultados orilla a discentes y profesores a aislarse en su interfaz, en su pantalla o en su asistente artificial. Para pensar de manera profunda, reflexiva y crítica es necesario de los otros, aquellos que son diferentes y distantes. A pesar de ello, los vínculos que otrora se construían en las aulas hoy, pareciera que se desvanecen ante las metas personales.

Al llegar a las IES se espera que los estudiantes aprendan por sí solos; el profesor universitario es un guía para que el alumno adquiera –por sí mismo– los conocimientos y aprendizajes necesarios para su vida profesional, entendiendo que aprender es y será un ejercicio vital, sostenido a lo largo de su existencia, incluso durante su vejez; sin embargo, cada vez es más frecuente que los discentes presenten acentuados rezagos en su formación desde conocimientos de educación básica. Aprender a aprender es una tarea humana que requiere tiempo de formación, desde la educación inicial en adelante, los individuos deben adquirir habilidades que les permitan autogestionar sus procesos de formación. El contexto global indica que, desde los primeros años, los niños y jóvenes no adquieren las habilidades básicas necesarias para alcanzar la autonomía en su educación. Se presentan algunos datos al respecto:

En los países de ingreso bajo y mediano, la proporción de niños que viven en situación de pobreza de aprendizajes (esto es, la proporción de niños de 10 años que no pueden leer ni comprender un texto breve apropiado para su edad) aumentó del 57 % antes de la pandemia a aproximadamente el 70 % en 2022. [...] Si los niños no pueden comprender un texto a los 10 años, es poco probable que lleguen a leer con fluidez, no prosperarán más adelante en la escuela y no podrán impulsar sus carreras profesionales y las economías de sus países una vez que finalicen la escuela. (Banco Mundial, 2024)

En el caso específico de la educación básica mexicana y, de acuerdo con la evaluación PISA (OECD, 2023) “Los resultados medios de 2022 fueron inferiores en comparación con 2018 en matemáticas y ciencias, y aproximadamente igual que en 2018 en lectura”, con lo cual se puede decir que el detrimento del desempeño educativo por parte de los más jóvenes en México está alineado a las tendencias mundiales. Con respecto a los estudiantes de educación superior o universitaria, la OCDE ubica a México en el último lugar entre las naciones que forman parte de la organización en cuanto al número de titulados (Contreras, 2026).

A partir de la pandemia, la manera en cómo los estudiantes de todos los niveles aprenden se ha transformado. Si bien los discentes han regresado a las aulas, los medios tecnológicos se han convertido en herramientas de su quehacer estudiantil cotidiano. No queda casi ningún resquicio educativo en donde se prescinda de las nuevas tecnologías o incluso la Inteligencia Artificial (IA) en su totalidad. Durante el período de confinamiento las sesiones en línea o asíncronas y el uso de internet supuso un compromiso mayor por parte del estudiantado: se esperaba de los alumnos cierta autonomía para alcanzar los aprendizajes previstos. Una vez que se volvió a la llamada nueva normalidad los recursos tecnológicos continuaron su presencia en las aulas y programas de estudio. Ahora, se pretende que el estudiante de educación superior sea dueño de su propio proceso de aprendizaje; se espera del profesor una mera guía que acerque al alumnado al conocimiento. Silva et al. (2023, p. 69) mencionan:

No obstante, algunas de las nuevas formas de interacción didáctica implican que el profesor no pueda supervisar la actividad del aprendiz de la misma manera que se hace presencialmente. Entonces los estudiantes deben regular su propio comportamiento para aprender, siendo autodidactas. Ser autodidacta no se reduce a estudiar en solitario, sino que consiste en formas de comportamiento de estudio promovidas por las instituciones educativas a través de la labor del profesor. Dicho esto, es posible afirmar que se aprende a ser autodidacta, lo cual implica que el estudiante haga de manera autónoma aquello que antes hacía bajo la suplementación del profesor en la dinámica de clase.

Independientemente del espacio escolar universitario en el cual se encuentren los alumnos (ya sea presencial –en el aula– o virtual –en casa–) existen factores que promueven el (re)aprendizaje autónomo y autorregulado ya que, como Silva et al., (2023, p. 69) mencionan: “ser autodidacta no se reduce a estudiar en solitario”; aprender a aprender es resultado de un trabajo continuo, en colectividad. Si bien el aprendizaje es un proceso de carácter interno e individual, se necesita del entorno y de la relación con los otros para lograrlo. Además, en el ámbito universitario, se espera que los alumnos logren interesarse en buscar soluciones a los problemas de su entorno local y global, con lo cual se construya un mundo más justo y digno para la humanidad y el resto de las formas de vida en el planeta (Crispín, 2011, pp. 11-12).

Ante la encrucijada que enmarca la tecnología en donde se privilegia la individualidad sobre la colectividad, las universidades deben orientar sus modelos educativos con cautela: por un lado, no pueden prescindir de la tecnología, pues con ello sus egresados quedan fuera del mercado laboral; tampoco pueden relajarse y debilitar el esfuerzo que exige la formación del pensamiento a partir de la convivencia con los otros, en ese caso, todos pierden. Lo recomendable es que la transformación sea profunda y que las propuestas no dicten que la cooperación y el juicio profundo sean opcionales. Por ello es importante plantear la importancia de las relaciones en el aula para la construcción de la autonomía en el aprendizaje.

El profesorado debe facilitar las condiciones para que los estudiantes adquieran, desde los primeros años de la educación superior, habilidades de pensamiento crítico, solución de problemas, búsqueda y curaduría de información, comparación y contraste de distintas perspectivas, así como el desarrollo de habilidades socio-afectivas que le permitan emitir juicios y proponer soluciones desde valores éticos universales. Actividades que involucren la lectura comprensiva, así como la comunicación oral y escrita efectiva deben formar parte del currículo universitario; con base en la experiencia, el estudiante será capaz de llevar a cabo tareas complejas del pensamiento con mayor soltura y facilidad. Al respecto Kahneman (2025, pp. 53-54) reflexiona:

Cuando adquirimos habilidades para una tarea, la demanda de energía disminuye. Estudios del cerebro han demostrado que el patrón de actividad asociado a una acción cambia conforme la actividad aumenta, con menos zonas del cerebro implicadas. [...] Una ley general del «mínimo esfuerzo» rige en la actividad tanto cognitiva como física. La ley establece que si hay varias formas de lograr el mismo objetivo, el individuo gravitará finalmente hacia la pauta de acción menos exigente. En la economía de la acción, el esfuerzo es un coste, y la adquisición de habilidad viene determinada por el balance de costos y beneficios. La pereza está profundamente arraigada a nuestra naturaleza.

La propuesta de Kahneman sobre las preferencias cognitivas del cerebro lleva a inferir que el aprendizaje complejo requiere de la repetición de ciertos pasos a partir de los cuales el aprendiz logre el desempeño esperado y en los estándares que dicta la educación superior. Anteriormente se mencionaron procesos básicos que forman parte del proceso de aprendizaje (aquellos relacionados con la lecto-escritura, por ejemplo), no obstante, el aprendizaje autónomo que se desea en los alumnos universitarios requiere del entrenamiento de procesos superiores (los cuales, bajo el esquema de Kahneman, requieren de mayor energía y, por tanto, mayor profundidad en la repetición). A saber de García, y Condemarín (2007, citado en Crispín Bernardo, 2011, pp. 15-17) estos procesos son: percibir, observar, interpretar, analizar, asociar, clasificar, comparar, relacionar, expresar, retener, sintetizar, deducir, generalizar, evaluar y crear.

La comprensión del mundo es el resultado directo del lenguaje. Sin el nexo que proporciona la lengua, no sería posible que el contexto o los fenómenos (incluso el conocimiento intangible de las matemáticas) fueran inteligibles. El lenguaje es, por tanto, el tendón que hace posible mover el pensamiento hacia el desaprendizaje y reaprendizaje y, por su parte, el lenguaje depende de la conexión con el mundo exterior; no hay relación en la cual no se aprenda, ni aprendizaje que no se relacione con los otros.

Se ha expuesto la realidad tecnológica bajo la cual se desarrolla hoy en día la educación superior. Sin embargo, existen reglas superiores que dictan la manera en la cual tanto los avances tecnológicos, la producción, la educación y el consumo han de encontrar su lógica: el mercado. Hoy en día quedan pocos, si no es que ningún resquicio en donde la lógica económica no tenga una influencia. La educación superior se plantea hoy como un eslabón en la cadena de producción de mano de obra para que el capital se reproduzca; si bien, la producción de riqueza no es el problema, sí los son los medios para generarla y la injusta distribución que se hace de la misma en detrimento del pensamiento y el aprendizaje.

Este statu quo encuentra sus bases en el postulado: Time is money, con lo cual, todo aquello que lleve tiempo, pausa y paciencia, le resulta ineficiente e improductivo. Las IES son calificadas con base en el número de egresados y el tiempo que tarda en producirlos; cuanto mayor sea el número de personas que adquieran un título universitario, en el menor tiempo posible, mayores beneficios económicos obtendrá dicha universidad.[1] Este paradigma es incompatible con la manera en la cual se ha descrito que los seres humanos alcanzan un aprendizaje autónomo y, más allá, es incongruente con la forma por la cual el estudiante logra ese aprendizaje: el vínculo.

Joan Rué (Otras voces en educación, 2019) enumera en una entrevista las condiciones que favorecen el aprendizaje en autonomía: 1) generar en los estudiantes confianza en sí mismos; 2) intentar generar ambientes estimulantes de aprendizaje; 3) desarrollar situaciones de aprendizaje mediante interacción social, cooperando con otros, ayudándoles y haciendo que se ayuden; 4) procurar que cualquier situación de aprendizaje se resuelva mediante una producción del estudiante (quiere decir, que algo a sus ojos tenga sentido y además pueda ser “enseñado” a otros); 5) obtener información clara acerca de lo que se debe hacer y cómo; 6) aprender a explicar, a contar lo aprendido; 7) contar con el apoyo de los profesores en este proceso; 8) tener recursos y contar con orientaciones para saber manejarse; 9) obtener la valoración frecuente del trabajo por parte del profesorado; 10) poder trabajar en un entorno de aula que facilite concentrarse en el trabajo y en las tareas propuestas.

Estas condiciones esbozadas por el profesor barcelonés tienen un común denominador: necesitan del otro, es decir, del vínculo con los demás para poder llevarse a cabo. Nadie aprende en solitario y, aun cuando el aprendizaje autónomo propone que el alumno sea capaz de tomar el control de su propio proceso educativo, necesita llevarlo a cabo en compañía.

La importancia de los nexos se remonta a las primeras comunidades humanas. De acuerdo con Harari (2024), un rasgo de superioridad de los sapiens frente a los neandertales es la capacidad de organizar a un mayor número de individuos y llevarlos a la cooperación. El ser humano es la especie dominante porque es capaz de motivar a miles o millones de miembros de su comunidad a llevar a cabo acciones, guerras, estudios o descubrimientos en pro de su subsistencia; todo eso se logra, de acuerdo con el autor, a partir del relato, el cual a su vez genera vínculos, lo suficientemente fuertes como para influir profundamente en la construcción de realidad de hombres y mujeres.

El problema que plantea el autor israelí es que no siempre el relato está orientado hacia el fomento de las virtudes humanas, por tanto, puede llegar a ser riesgoso para las libertades. En el caso de la educación superior, el relato imperante es el de la velocidad, la eficacia, la producción y el individualismo. Nussbaum (2012) señala una crisis en la educación: el desplazamiento de las humanidades, artes y música en los planes de estudio; con ello, la filósofa norteamericana advierte del debilitamiento del pensamiento crítico, la imaginación, la empatía, la capacidad de análisis, entre otras habilidades indispensables para el aprendizaje autónomo y autorregulado. Además, subraya que las libertades, aquellas por las cuales la humanidad ha luchado en cooperación para alcanzar, están en riesgo.

El relato imperante es que la educación es el medio para la generación de riqueza. Una de las mayores preocupaciones de estudiantes de educación media superior y de organismos internacionales como la OCDE (2025) es la empleabilidad inmediata al salir de la universidad, así como el retorno de inversión que recibirá el egresado (y las instituciones) cuando logre obtener un empleo.

Ante las profundas crisis y desastres que actualmente atraviesa la humanidad y la vida en el planeta una pregunta necesaria es ¿cómo se quiere vivir? y, por tanto ¿cómo se debe educar? El vínculo pedagógico que oriente el aprendizaje hacia la autonomía relacional resulta esencial, pues no basta con que las IES produzcan el mayor número de egresados; eso no ha contribuido a la solución de los problemas comunitarios, ni globales; se trata de que la formación superior logre que los estudiantes se vinculen con las problemáticas de su contexto, lo cuestionen y piensen en alternativas que dignifiquen sus propias vidas y las de los demás. Garcés (2020, p. 31) cuestiona lo siguiente:

¿De qué ha servido tanta educación moral, cultural, sentimental, política, a lo largo de los siglos, a través de mitos, ciencias, regulaciones y religiones, cuando hoy no solo se perpetúan los campos, ahora convertidos en fronteras asesinas, sino que cotidianamente matamos, violamos, destruimos, precarizamos, consumimos, y excluimos de un futuro digno a una parte cada vez mayor de la humanidad? La desproporción entre lo que sabemos y lo que no sabemos no es de cantidad. No se mide entre el volumen de conocimiento disponible y el de todo lo que está aún por descubrir. La desproporción es esta herida. Esta distancia a veces invisible y siempre insalvable entre nosotros mismos, como humanos y nuestro saber.

La tendencia hoy en día es poner en el centro del aula al estudiante, no obstante, se propone darle mayor importancia a los vínculos a partir de los cuales el discente construye el (re)aprender, (re)conocimiento y lo pone en práctica para los demás. Centralizar al alumno en el proceso formativo, en una sociedad en donde también se le da relevancia al imperativo tecnológico (el cual suele ser individualista) puede traer consigo el riesgo de hacer a un lado el vínculo colectivo de la educación. Lonergan (2006, p. 47) propone que “La idea que se tenga de la escuela estará en función de la idea que se tenga de la sociedad, y la idea que se tenga de la sociedad estará ligada con la noción que se tenga del bien”.

No todo está perdido, la educación es una oportunidad para transformar el mundo. Redefinir los procesos de aprendizaje, así como los roles de quienes participan del proceso educativo dentro y fuera del aula no solo es posible, resulta inaplazable. El mundo que se ha construido plantea retos ineludibles; la educación es en este sentido, el camino a Ítaca.

Avanzar hacia estos objetivos implica renovar ideas preconcebidas sobre el ciclo del aprendizaje, por ello, el desaprendizaje adquiere un rol fundamental, tema del siguiente apartado.

2. El desaprendizaje en la educación superior

Es pertinente en el contexto actual –de rapidez y obsolescencia– fortalecer la idea de que el conocimiento y las prácticas educativas son transitorios. Por lo tanto, una opción es recurrir a desaprender, lo cual

no implica borrar o eliminar conocimientos, sino más bien soltar viejas ideas, creencias o prácticas que ya no son útiles para dar espacio a nuevas formas de pensar y actuar. Es un proceso activo y consciente que nos permite adaptarnos con flexibilidad a un mundo en constante cambio. (Lewin, 2024, s. p.)

El entorno educativo tradicional se caracteriza por la práctica de la memorización para la obtención de calificaciones altas; sin embargo, en esta época esa estrategia ya no es oportuna, la información se encuentra alojada en la red y cada persona que tiene acceso a ella puede encontrarla. La vida cambiante, en incertidumbre, hace necesario que los alumnos fortalezcan la habilidad de identificar cuáles de los conocimientos que tienen se apegan a su realidad y cuáles necesitan ser reemplazados o modificados.

En palabras de Lewin se requiere:

una transformación profunda de la cultura educativa, donde el aprendizaje deja de ser una línea recta que va de la ignorancia al conocimiento, y se convierte en un proceso cíclico, donde los estudiantes adquieren, cuestionan, desaprenden y vuelven a aprender en función de sus necesidades y del entorno en el que viven. (2024, s. p.)

Dicho proceso requiere de la participación del docente y de los alumnos. El primero necesita adecuar sus estrategias de enseñanza a las necesidades de las nuevas generaciones, no puede solo replicar la misma enseñanza que le dio a estudiantes más longevos en los grupos de discentes más jóvenes, pues los requerimientos y vivencias de cada uno son diferentes: los problemas a los cuales se enfrentan, los intereses y las cuestiones socioeconómicas, políticas y sociales distan de ser las mismas.

Además de lo anterior, el profesorado requiere considerar de manera constante su enfoque educativo, para que sus estrategias educativas permitan afrontar los desafíos del presente, por lo tanto, necesita una renovación continua de los contenidos de sus programas, para atender las circunstancias cambiantes que enfrentan los alumnos. Al respecto, Pinto et al. (2025) afirman que:

se debe entender que los cambios que llevan a los docentes a un continuo aprendizaje es producto de las variaciones de factores externos de la sociedad como el avance de la tecnología, la construcción de nuevas realidades y la interculturalidad producidas por la migración y la globalización. (p. 96)

En cuanto a la tecnología, es un tema usual dentro de muchas esferas de la vida, por ello, se exige a los profesores la incorporación de aplicaciones o plataformas educativas donde se establezca un canal de enseñanza y comunicación, tareas subidas en la red, exposiciones generadas con herramientas tecnológicas, e incluso grabaciones que permiten el repaso de la clase en cualquier hora del día. Esto conlleva el cambio de estrategias didácticas adaptadas a las nuevas formas de aprender.

Para poder adaptarse a los cambios, los docentes necesitan una actitud de apertura, disposición y no mostrar resistencia, sino voluntad para recibir apoyo y formación continua. Esto con la finalidad de actualizar sus habilidades en la práctica educativa, lo cual les posibilitará mejorar el diseño de su clase, y ello se verá reflejado en la calidad de sus sesiones y favorecerá el aprendizaje en los estudiantes, para que estos no se muestren desmotivados o con un bajo rendimiento académico; aunque esos aspectos no dependen únicamente de la actualización docente, sí son un factor que contribuye a fortalecer un ambiente educativo efectivo (Pinto et al., 2025). Debido a lo anterior:

el concepto de desaprendizaje ha cobrado relevancia en el ámbito educativo como una estrategia que promueve la reflexión crítica y la transformación del conocimiento previo para facilitar el aprendizaje significativo. De tal forma, se plantea una metodología colaborativa que busca mejorar la enseñanza y el aprendizaje, el desaprendizaje se presenta como un proceso fundamental para el desarrollo profesional de los docentes. (Pinto et al., 2025, p. 99)

El desaprendizaje no solo significa dejar prácticas tradicionales e implementar nuevas, es un proceso constante que debe adecuarse a la época, a la comunidad estudiantil, a las herramientas educativas y a los requerimientos del aprendizaje.

En un mundo cambiante como el actual existen generaciones con intereses, necesidades y particularidades distintas a las de otros años y en la educación superior hay un enlace entre las generaciones jóvenes y docentes mayores, con preferencias de seguir trabajando, por ello también es necesaria la colaboración entre profesores, porque esta “proporciona un espacio valioso para compartir experiencias, conocimientos y enfoques didácticos, enriqueciendo así el proceso educativo. Este trabajo colaborativo […] también fortalece el sentido de comunidad profesional” (Pinto et al., 2025, p. 106). El acercamiento entre personas de diferente generación posibilita el entendimiento de nuevos métodos y maneras de desenvolverse en clase, pues puede combinarse la experiencia de los longevos y la innovación de los más jóvenes.

En cuanto a los alumnos, hoy tienen de manera instantánea el acceso a la información y comunicación inmediata con otras partes del mundo. Hay temas que antes no se abordaban o no tenían la relevancia que en la época actual, se privilegia la diferencia, la inclusión y la diversidad, los esquemas usuales de relaciones de pareja y de familia han cambiado, el género ya no solo se enfoca en ser hombre o mujer, hay variantes que no dependen de una cuestión biológica, sino de las preferencias de cada persona. Ante ello, el rol del alumno también ha cambiado, porque la forma de aprender de las nuevas generaciones es diferente.

Hoy, de acuerdo con Aviña (2023), la generación estudiantil que se encuentra en las aulas pertenece, en su mayoría, a la generación Z, su aprendizaje se caracteriza por centrarse en lo práctico, no se dedican a la memorización, pues en internet encuentran información variada, recurren a YouTube o a alguna inteligencia artificial cuando necesitan saber algo, los contenidos que consumen son audiovisuales. Por eso,  a ellos les es más fácil desenvolverse en un foro de discusión en línea que presencial: al estar habituados a ejercer una comunicación abreviada y con emojis o stickers y, a través de distintas redes sociales, les es difícil redactar textos extensos y académicos o identificar errores ortográficos o gramaticales. En cuanto a sus cuestiones actitudinales se puede identificar que son:

curiosos, creativos y dinámicos […] son generalmente impacientes, por lo que si no obtienen lo que desean de forma casi inmediata son propensos a sufrir estrés y ansiedad […] Los conflictos de personalidad y de identidad son habitual ver en esta generación. (Aviña, 2023, p. 10)

Para lograr que ellos practiquen el desaprendizaje necesitan pasar de ser receptores a agentes, es decir, constructores de su propio saber, pues es importante que identifiquen qué les ayuda a comprender, cómo aprenden, qué entorno les facilita su conocimiento y cuáles aspectos mantienen su motivación. Para ello es imprescindible que el alumno desarrolle una dimensión metacognitiva, la cual significa un autoanálisis de lo que se sabe, implica habilidades como la planificación, el conocimiento de sí mismo, además de la solución de problemas y gestión del tiempo (Perez et al., 2020). En este sentido, Lewin (2024) afirma:

enseñarles a los estudiantes a reflexionar sobre su propio proceso de aprendizaje es fundamental para el “desaprendizaje”. La metacognición permite que identifiquen cuándo una estrategia o una forma de pensar ya no es útil y, por lo tanto, cuándo es el momento de cambiar. Esto no solo los ayuda a adquirir nuevas habilidades, sino también a ser más resilientes y adaptables. (s.p.)

A la par de la metacognición tiene relevancia el autoexamen, este ayuda a saber qué se quiere y cuáles objetivos se persiguen, pues de acuerdo con Nussbaum, cuando no se toma en cuenta pueden derivarse algunas problemáticas, como la falta de claridad con respecto a las metas, la facilidad de que los demás influyan en las decisiones propias y la sumisión ante una figura de autoridad o derivada de la presión ejercida por alguien más (Nussbaum, 2010).

Cobb (2026) identifica algunos elementos que se requieren para ejercitar el desaprendizaje, entre ellos menciona tres: reconocimiento, lanzamiento y reemplazo. El primero es el más difícil porque significa identificar cuáles conocimientos, destrezas, e incluso cuestiones actitudinales no están generando resultados adecuados. El lanzamiento implica soltar lo que se ha aprendido y estar dispuestos a tener nuevos conocimientos. El reemplazo es modificar aquellos aprendizajes que ya no son adecuados y cambiarlos por alguno nuevo que sirva más a sí mismo o a los otros.

Además de los aspectos anteriores Lewin (2024) sugiere otros, por ejemplo, la necesidad de que los aprendizajes estén basados en proyectos, a través de problemáticas significativas, acordes con la realidad. De acuerdo con el autor esta práctica ayuda a identificar lo que se sabe y a explorar información novedosa, para cambiar ideas caducas. Asimismo, otro elemento relevante es el error, pues el autor afirma que debe verse como una cuestión natural dentro del aprendizaje, porque cuando no es visto así se menoscaba el desaprendizaje, la equivocación es parte del proceso de adquisición de una nueva habilidad o conocimiento, ello no significa aceptar todos los errores, sino saber dirigirlos hacia la idea correcta.

También es importante reforzar el pensamiento crítico y actividades colaborativas, donde haya comunicación, retroalimentación sobre el progreso y empatía, para propiciar una discusión de ideas respetuosa.

Para fortalecer el desaprendizaje es necesario implementar algunas estrategias y recursos que propicien la apertura a mutar. Esto se logrará, de acuerdo con Corica (2020), si se afrontan las transformaciones propiciadas por el uso de la tecnología, que el docente asuma su responsabilidad como líder del cambio, brindar apoyo a los docentes que tengan frustración ante lo nuevo, crear un ambiente de confianza y una red de apoyo entre profesores, incluir como elementos clave la comunicación, los acuerdos y el apoyo ante lo que se modifica, mantener una información clara y oportuna, establecer una planificación y métodos de implementación de los cambios y reforzar la sensación de comunidad para que haya apoyo.

Se pretende lograr con el desaprendizaje un estudiante independiente, que conozca la finalidad de su aprendizaje, consciente de sus habilidades y debilidades, capaz de reflexionar, de autoevaluarse, apto para seleccionar los métodos que le permitan optar por una estrategia individual encaminada a la construcción de su saber y que se vea como centro de su aprendizaje, sin esperar que el docente le proporcione todo, sino que lo vea solo como un guía (De Luca, 2009).

Nussbaum considera a la mayéutica socrática como un recurso pedagógico que ayudaría a fortalecer la práctica reflexiva y argumentativa de los alumnos, en contraposición al sometimiento ante la tradición y la autoridad; no obstante, también resalta que dicho recurso no puede ser practicado si la preocupación mundial está centrada en el crecimiento económico, porque desde esta percepción los resultados esperados son cuantificables, y los exámenes estandarizados no son aptos para identificar la capacidad de argumentación de los estudiantes, en lugar de ello se requiere una evaluación de tipo cualitativo, donde, gracias a la observación del desempeño de los alumnos en la clase y en el ejercicio de la escritura, el docente pueda percibir cuán capaz es de realizar un argumento crítico (Nussbaum, 2010).

La idea anterior también es apoyada por Mariño (2012), quien afirma que si la educación es vista como una cuestión mercantil solo se pondrán en práctica técnicas enfocadas en los resultados, al respecto dice:

En esta situación el docente se convierte en reproductor (un operario y medio del sistema) que entrega fórmulas e ideas preestablecidas, productos y datos que otros pensaron. No se da un espacio en el cual el estudiante viva el aprendizaje como experiencia, como una aventura para descubrir nuevas ideas y diversos puntos de vista realizando comparaciones, análisis críticos y argumentos; para finalmente, llegar a construir sus propias propuestas. (p. 191)

Esta forma de enseñanza se reduce a la transmisión de ideas, sin cuestionamientos, sino como únicas verdades. En una postura diferente estaría la promoción de clases basadas en la participación del alumno, en la exteriorización de dudas y en la adquisición de habilidades y herramientas que le permitan llevar su aprendizaje más allá de las aulas, para que pueda implementarlo en su ámbito profesional y en su vida cotidiana.

Si no se da oportunidad a los estudiantes de ver al aprendizaje con asombro, con curiosidad y hacerlos partícipes de él podrían carecer de la capacidad de realizar crítica, y esta es importante porque permite cuestionar, no solo los aprendizajes, sino el mundo en el cual vive o el que quiere construir, ayuda a tener independencia de pensamiento, les da oportunidad de cuestionar el saber. 

Dentro del desaprendizaje es necesario fomentar la actitud crítica, caracterizada por:

no aceptar algo por cierto solo por el hecho de que lo dice una autoridad, un gobierno. Asimismo, consiste en no permitir que otros nos guíen con verdades dogmáticas, sin tomarnos la tarea de buscar buenas razones para aceptar lo que nos dicen como verdadero. (Mariño, 2012, p. 195)

La crítica puede fortalecerse con mayor rigurosidad, de acuerdo con el semestre cursado por el alumno, para que al egresar la practique sin la necesidad de una persona que lo dirija, pues aprenderá a implementar sus propias metodologías.

Otra estrategia que puede implementarse para el desaprendizaje es la adopción de una postura filosófica, sin exclusividad de los estudiantes formados en esa área, sino como una herramienta didáctica a la cual puedan recurrir los docentes, porque “el sujeto que posee una actitud filosófica se cuestiona constantemente, se plantea interrogantes; es un permanente aprender y desaprender, un constante vivir y morir. Es posible entender la filosofía como una actividad dinámica” (Mariño, 2012, p. 198). Dicha actitud posibilitaría que los estudiantes entiendan las problemáticas cotidianas, dentro de su ámbito social, propongan cuestionamientos y se atrevan a realizar propuestas y tomar acciones que les ayuden a contribuir a resolver alguna problemática.

De acuerdo con Mariño (2012):

en las prácticas educativas no se le da al estudiante un reconocimiento como ser pensante, el cual tiene experiencias que contar, incertidumbres y cuestionamientos, se trata a este como si fuera una tabula rasa que debe ser llenada de conocimientos por el docente. (p. 202)

Esta perspectiva ya no tiene cabida en este tiempo, donde el estudiante ha adquirido un rol central, pues se habla del interés superior del estudiante (LGES, 2021), para hacerlo partícipe de las decisiones que giran en torno a su formación, se prioriza su bienestar y se toman en cuenta sus inquietudes, con la finalidad de lograr su desarrollo integral. Los alumnos necesitan sentirse parte de su aprendizaje, que ellos mismos lo promuevan y lo fortalezcan.

El desaprendizaje también puede ser fortalecido mediante el recurso didáctico de círculos de diálogo, el cual se enfoca en:

estimular la reflexión personal y colectiva, mediante actividades en las que las personas que participan puedan hablar y ser escuchadas. Y en este sentido, es importante destacar que no pretenden conducir a las personas participantes al logro de un objetivo determinado, buscan únicamente que las personas participantes aprendan de los otros. (Arias, 2012, p. 12)

Desde la distribución visual de los lugares, en círculo, se permite ver a todos los estudiantes, además ese acomodo permite un diálogo en forma horizontal, es decir, sin jerarquías, aunque el profesor es el guía, se puede crear un ambiente de mayor confianza para expresar las ideas. Debe tenerse cuidado en que la participación no sea por imposición para no crear incomodidad en el desarrollo de la conversación, la cual debe regirse por el respeto ante los comentarios, los tiempos de participación y la convivencia óptima.

De acuerdo con Arias (2012), en la planificación del círculo deben considerarse algunos elementos, entre ellos: estipular valores que se consideren primordiales, realizar una preparación de las personas que interactúan, a través de actividades o lecturas, incluir algunos objetos para dar la participación, asignar acompañantes que lleven el registro de cómo se da el diálogo y cuiden el ambiente grupal, mediante una actitud crítica, de apertura y de compromiso, para finalmente llegar al consenso y la retroalimentación.

Conclusiones

El paradigma tecnológico y las exigencias del mercado, impuestos como único escenario posible en la actualidad han orillado a las IES a adoptar modelos que son incompatibles con el aprendizaje y la construcción de vínculos. La autonomía en el aprendizaje se ha malentendido como un ejercicio de aislamiento frente a una pantalla, prescindiendo de la comunidad y del tiempo necesario para la maduración del pensamiento. Si bien los avances tecnológicos son útiles al momento de analizar datos, no lo son para cimentar comunidades de aprendizaje (docente-alumnos-comunidad), ni para generar la fricción necesaria para que el pensamiento crítico, la empatía o la colaboración florezcan.

Para lograr el desaprendizaje es central que en el aula se conciba al aprendizaje como un tema cíclico, el cual debe incorporar ideas, roles y herramientas acordes con el momento presente. Esto no se logrará si se sigue considerando al docente como un expositor magistral y a los alumnos como meros receptores, ambos requieren co-crear el aprendizaje, a través de sus conocimientos, de la información novedosa y de las nuevas herramientas educativas.

En los espacios universitarios se requieren alumnos que comprendan el aprendizaje de manera creativa y curiosa, que los lleve a plantearse cuestionamientos, a buscar soluciones, así como estrategias de trabajo grupal. Por ello, las actividades didácticas planeadas por el profesor son primordiales. Quien conduce la clase dirige e influye en la manera como se desenvuelve el grupo.

Referencias

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[1] Para un mayor detalle sobre las métricas e indicadores mencionados, véase como ejemplo: Times Higher Education (Global Employability University Rankings 2025, https://www.timeshighereducation.com/press-releases/global-employability-university-rankings-2025). Además de esta referencia, existen otras plataformas que miden el desempeño de las IES a partir de indicadores similares.