Las y los jóvenes en la
escuela: poder, arbitrariedad y subjetivación
Youth in School: Power, Cultural Arbitrariness, and Subjectivation
Israel
Castilla Domínguez
Maestro
en Investigación de la Educación
Instituto
Superior de Ciencias de la Educación del Estado de México
ORCID: https://orcid.org/0009-0007-7768-4745
Correo
electrónico: israel.castilla@isceem.edu.mx
Recibido:
11/11/2025
Aceptado:
22/01/2026
DOI:
https://doi.org/10.53436/WKFV9x64
D’perspectivas
siglo XXI,
Volumen 13, Número 25, Año 2026. Enero-junio
ISSN(e):
2448-6566
Este
es un documento de acceso abierto bajo la licencia
Creative
Commons 4.0 Atribución-No Comercial
(CC
BY-NC 4.0 Internacional)
Resumen
El objetivo del ensayo es analizar la
condición juvenil-estudiantil como una construcción histórica, atravesada por
relaciones de poder, discursos, violencia simbólica y procesos de resistencia,
mediante una discusión teórica de corte crítico. Frente a quienes insisten en reducir
a la juventud a un intervalo etario, se sostiene que la condición
juvenil-estudiantil se construye a partir de contextos estructurales y
experiencias situadas. Desde esta perspectiva, la escuela –lejos de ser neutral,
como suele presentarse a sí misma– funciona como un dispositivo gerontocrático
en el que las generaciones adultas imponen arbitrariedades culturales a las y
los jóvenes estudiantes como parte de una estructuración de las diferencias. La
violencia simbólica institucionalizada contribuye a moldear el habitus del
estudiante, normalizando actitudes y comportamientos. A pesar de esto, la
escuela es también un territorio en el que las juventudes despliegan prácticas
de resistencia y socialidad que resultan fundamentales en los procesos de
subjetivación juvenil, a través de las cuales reinterpretan, median y negocian
las categorías impuestas, abriendo espacios de autonomía y agenciamiento en la
vida escolar. El ensayo se estructura en cuatro apartados que abordan la
juventud como construcción sociohistórica, las relaciones de poder en la
escuela, la promesa meritocrática de la escolarización y, finalmente, las
prácticas de socialidad y subjetivación juvenil.
Palabras clave: juventud, escuela,
educación, violencia simbólica, resistencia.
Abstract
The
aim of this article is to analyze the youth-student condition as a historical
construction shaped by power relations, discourses, symbolic violence, and
processes of resistance. Against perspectives that reduce youth to an age-based
category, the article argues that the youth-student condition is constructed
through structural contexts and situated experiences. From this perspective,
the school -far from being neutral, as it often presents itself - operates as a gerontocratic device in which adult
generations impose cultural arbitrariness on young students, thereby
structuring differences within power relations. Institutionalized symbolic
violence contributes to shaping the students’ habitus by normalizing attitudes
and behaviors. However, schools are also territories in which youth deploy practices
of resistance and sociality that are fundamental to processes of youth
subjectivation, through which imposed categories are reinterpreted, mediated,
and negotiated, opening spaces for autonomy and agency in school life. The
article is organized into four sections that address youth as a
socio-historical construction, power relations within the school, the
meritocratic promise of schooling, and, finally, practices of youth sociality
and subjectivation.
Keywords: youth, school, education, symbolic violence, resistance.
Introducción
¿Qué signa juventud? ¿Qué significa
el ser estudiante? ¿Cómo se interseccionan ambas condiciones en las
instituciones escolares? Las y los jóvenes estudiantes encarnan experiencias construidas
por su historicidad que, además, se articulan en los diferentes campos y
espacios intersubjetivos, culturales y estructurales. Desde esta perspectiva,
la juventud no es concebida únicamente como una etapa biológica definida, sino como
un constructo social que se define y negocia constantemente en los diferentes
ámbitos de la vida social.
En este marco, las y los jóvenes que
se encuentran inscritos en instituciones educativas se ven inmersos en procesos
de socialización, regulación y normalización dentro de las escuelas. A pesar de
esto, dichos procesos no son unidireccionales ni unidimensionales, sino que los
jóvenes estudiantes desarrollan procesos de socialidad y resistencia al
interior de dichas instituciones como parte de la configuración de las
identidades juveniles. En el presente ensayo se retoman algunos elementos que
resultan clave para abordar la noción de juventud, estudiante y la
interseccionalidad que estas representan como parte de los procesos que se viven
en la escuela. Considerando lo anterior, el objetivo del ensayo es analizar la
condición juvenil-estudiantil en la escuela moderna mediante una perspectiva
crítica que recupera aportes de la sociología de la educación, la pedagogía
crítica y los estudios de juventudes. Metodológicamente, el trabajo se apoya en
una revisión teórica-analítica que permite problematizar la escuela como
dispositivo de poder, así como las prácticas de socialidad, resistencia y
subjetivación en las juventudes estudiantiles.
1. Más allá de la
psicologización de la adolescencia: La juventud como construcción
sociohistórica y experiencia relacional
Desde inicios del siglo XX, se ha
desarrollado un fuerte debate en torno a las nociones de juventud y
adolescencia. Este última, que ha permeado gran parte de los discursos
impuestos sobre este grupo etario, se ha construido a partir de una concepción
fundamentalmente psicologista y biologicista. Conceptualmente, el término
adolescencia fue introducido, estudiado y construido por Stanley Hall (1904) en
su obra Adolescence: its Psychology and its relations to Physiology, Anthropology,
Sociology, Sex, Crime, Religion and Education. En ella, Hall define a la
adolescencia como una etapa universal que tenía su eje en los cambios
fisiológicos y psicológicos de la pubertad. Para este autor, la edad
comprendida entre los 13 y 23 años se caracterizaba por tensión y turbulencia
que atravesaba las emociones y el comportamiento de los jóvenes. Junto a este
nuevo campo de estudio, surgieron discursos (Meza, 2025) que asociaban a la
adolescencia con conductas erráticas, desviadas y anormales que el estado debía
corregir a través de diferentes políticas públicas y, sobre todo, de la escuela
como institución social normalizadora.
México no fue ajeno a estos discursos
y procesos en los que las políticas públicas invistieron a las y los
adolescentes como sujetos transgresores que atentaban contra el orden nacional.
Así, la adolescencia se consolidó como una categoría social plenamente
diferenciada que, lejos de ser neutral, respondía a la necesidad del estado
mexicano de formar sujetos disciplinados y obedientes, reforzando las
jerarquías e incluso las prácticas y aprendizajes de género (Meza, 2025). Se
consolidó la articulación entre modelo político-educativo y la subjetividad
como procesos en que la interiorización del autocontrol y la regulación de la
conducta formaron parte fundamental del espacio educativo.
A pesar de lo anterior, la concepción
psicologista y universal de la adolescencia fue desafiada por Margaret Mead
(1928) en su texto titulado Coming of Age in Samoa en el cual presenta
críticas fundamentales al modelo de Hall. Mead argumentó que la turbulencia
adolescente no era inherente a la edad biológica ni mucho menos era universal,
sino que, en cambio, era un producto cultural. En su investigación, la autora
mostró que en Samoa la transición de niñez a adultez es más fluida debido, en
gran parte, a las estructuras sociales flexibles y menos represivas, así hay un
desplazamiento desde la biología hacia el contexto socio-cultural en el que se
desarrollan las juventudes.
La crítica de Mead (1928) resulta
crucial pues sienta las bases para desmantelar la falsa creencia en torno a la juventud
y que esta pueda ser reducible a un carácter meramente etario y biológico. A
este respecto, Valenzuela (2005) argumenta que la noción de juventud no se
reduce a una etapa biológica-cronológica de la vida de los individuos, sino que
se remite a una construcción sociohistórica. Así, el concepto de juventud no es
homogéneo ni universal, sino que moviliza sentidos e identidades en relación
con los contextos sociales, económicos y culturales, de tal forma que es
históricamente definida. Más aún, y para ejemplificar lo anterior, una
estudiante de 22 años bien pudiera sentirse o asumirse menos joven que otra de
la misma edad, por lo que la juventud es siempre en relación con algo (una
representación) o alguien. La idea de juventud(es) remite a otros referentes,
desde lo estructural, las generaciones adultas, la propia experiencia de los
individuos, las instituciones y, por supuesto, los grupos de pares entre otros.
De esta forma, se coincide con
Valenzuela (2005) cuando apunta a que la construcción de nociones como
niña(o)/joven/adulta(o) se relaciona, como ya se ha apuntado, con condiciones
histórico-culturales específicas, a lo cual le suma las percepciones: “La
construcción joven/viejo implica intensas disputas de autopercepción y de
hetero-representación, de autoadscripción y heteroreconocimiento” (p. 31). Así,
queda de manifiesto que la condición etaria resulta insuficiente para explicar
la condición de juventud.
Sumado a lo anterior, se ha de
retomar la importancia de las condiciones estructurales, la subjetividad y la
agencia como es colocado por De la Garza (2018) de tal manera que la
experiencia es punto nodal que articula las condiciones contextuales en las que
las y los jóvenes estudiantes se asumen e identifican –o no– como sujetos
pertenecientes a este grupo. En este sentido es que se retoma la noción de experiencia
de Lauretis (1992): “la experiencia como complejo de hábitos resultado de la
interacción semiótica del ‘mundo exterior’ y del ‘mundo interior’, engranaje
continuo del yo o sujeto en la realidad social” (p. 288). La experiencia alude
también a la historicidad que concentran los individuos (subjetividad
constituyente), a su memoria configurada como experiencia presente pero siempre
en relación con un horizonte futuro (Zemelman, 2010). Incluso, habría que
agregar al cuerpo vivido e igualmente experienciado, poseedor de memoria y
marcado por situaciones y coyunturas que trastocan la subjetividad y la experiencia
de las y los jóvenes estudiantes. La experiencia, como eje articulador entre
los diferentes campos y niveles de la realidad y pensada como un proceso
inacabado, puede ser concebida como un continuo no solo entre el mundo interior
y exterior, sino entre los diferentes puntos y referentes que componen la
constelación de relaciones que conforman la realidad social de los sujetos.
Lo anterior tiene relación con la
formación de identidades estudiantiles-juveniles y los procesos que la
configuran. Así, se coincide con Salguero (2014) cuando concibe a la identidad
como:
el
conjunto de significados y representaciones conformadas a partir de la
estructura política, económica, social y cultural, instituidas históricamente; esta,
integra la subjetividad e intersubjetividad de los actores sociales en los
procesos de interacción social, no es un atributo o una propiedad intrínseca,
sino que tiene un carácter de tipo relacional, resultado de un proceso social
que surge y se desarrolla en la interacción cotidiana con los otros y otras. (p.
4)
La identidad implica un proceso de
reconfiguración constante e inacabado en el que convergen pasado (memoria), y
la experiencia como presente en articulación con el futuro. Dicho proceso se
configura en contextos culturales específicos, en los cuales es posible
encontrar una amplia constelación de objetos simbólicos investidos de
significados que pueden, a su vez, orientar las acciones de los individuos. En
este orden de ideas, los objetos del mundo permiten a las y los estudiantes –así
como a docentes y directivos– orientar su acción y autoindicarse cursos de
conducta: “convierte(n) en objeto aquello que percibe(n), le confiere(n) un
significado y utiliza(n) este como pauta para orientar su acción” (Blumer, 1982,
p. 11). Así, los objetos y sus significaciones conforman constelaciones simbólicas
que deben ser comprendidas históricamente, pues las concepciones de juventud y
estudiante no son inmutables ni permanentes, sino construcciones
sociohistóricas cuya comprensión exige atender a sus condiciones de emergencia
y transformación.
2. Juventudes en disputa:
Poder gerontocrático, violencia simbólica y la doble subordinación del
estudiante
En consonancia con lo planteado en
líneas anteriores, Bourdieu advierte que la noción de juventud tiende a ocultar
una diversidad de elementos, condiciones y relaciones de poder que atraviesan
las experiencias juveniles. Para el autor, resulta imposible agrupar a todas y
todos los jóvenes bajo un mismo concepto, en tanto ello supone desconocer las profundas
diferencias que existen respecto a sus experiencias, trayectorias,
oportunidades, posiciones sociales, identidades y contextos (Bourdieu, 2002).
Ahora bien, también es necesario
reconocer que las juventudes –y en el caso aquí abordado los jóvenes
estudiantes– se desarrollan dentro de relaciones de poder –¿y subordinación?–
frente a las generaciones mayores que tienden a imponer normas y expectativas
(discursos) sobre los jóvenes: “En esta relación se disfrutan ventajas, se
padecen desventajas, y, comúnmente, los jóvenes resultan perdedores frente a
los poderes gerontocráticos” (Valenzuela, 2005, p. 30). Es decir, juventudes y
adulteces se encuentran inmersas en relaciones de poder en donde se juegan
saberes, expectativas, normas, representaciones y, por supuesto, las mismas
relaciones y posiciones de poder. Sobre la misma idea, si bien se reconoce que
no todas y todos los estudiantes en sistemas escolarizados son jóvenes, la
mayor parte de la población estudiantil que se encuentra en las escuelas es
joven en relación con sus docentes con un rango de edad en bachillerato
comprendido entre los 14 y 18 años, por lo que esa misma proporción se hallaría
en las relaciones de poder antes planteadas. Se ha de mencionar no son
únicamente desventajas al adscribirse como jóvenes, sino que, por el contrario,
esa noción otorga a su vez ventajas frente a las generaciones adultas, cuestión
que se abordará brevemente más adelante.
Cabría preguntarse aquí nuevamente
sobre la cuestión etaria: si bien la edad no define la juventud, ¿qué tanto se
podría considerar la edad biológica para asumir lo que Segato (2015) nombra biologización
de las diferencias? En este sentido, parecen existir rangos de edad para
nombrar juventud y asignar constructos y representaciones en torno a esta
noción y, sobre todo, un discurso montado en la idea de joven como un ser incompleto
a quien se le debe dar forma de acuerdo con ideales de orden, progreso e
incluso fines utópicos impuestos socialmente a través de las instituciones como
la escuela. Lo anterior se presenta a través de procesos de socialización, así
como acciones y prácticas pedagógicas que no son únicas de la escuela, sino que
se presentan en otras esferas de la vida pública y privada.
Se coincide con Bourdieu y Passeron (1996)
cuando enuncian su célebre frase “toda acción pedagógica es objetivamente una
violencia simbólica en cuanto impone, a través de un poder arbitrario, una arbitrariedad
cultural” (p. 25). Más aún, “la autoridad pedagógica implica necesariamente
como condición social de ejercer la autoridad pedagógica y la autonomía
relativa de la instancia que tiene la tarea de ejercerla” (Bourdieu y Passeron,
1996, p. 25).
Aquí resulta pertinente destacar la
necesidad de una condición social que posibilite el poder arbitrario de la
adultez frente a la juventud, aunque, como se menciona más adelante, esto no
representa una total indefensión por parte de las y los jóvenes. ¿Cuál es la
condición social –en ocasiones impuesta, en otras autoadscripta– de las
juventudes que posibilita la violencia simbólica hacia estas? ¿En qué medida se
estigmatiza a las y los jóvenes en ciertos ámbitos de su vida? Ya Reguillo
(2010) realiza una exhaustiva y brillante reflexión en torno a lo que llama la
condición juvenil compuesta y construida desde diferentes niveles como el
estructural y cultural en términos de alternativas económicas, políticas,
educativas reales, con ello argumenta una descapitalización –por parte de las
generaciones adultas hacia las jóvenes– que se traduce en descalificación y
estigmatización de las juventudes a quienes se les atribuye responsabilidad
casi total de su situación, lo cual resulta significativo debido al contexto de
las juventudes y niñeces en nuestro país. Sumado a esto, Reguillo presenta la
idea de la desapropiación del yo, la construcción identitaria
constreñida por contingencias y otros poderes que tocan las biografías
juveniles y que en ocasiones dan poco margen para la acción al reducir sus
posibilidades reales.
A lo anterior habría que agregar a
manera de interseccionalidad la calidad de estudiante, pues si las y los
jóvenes ya se encuentran en relaciones de poder frente a los poderes
gerontocráticos, estas se agudizan cuando se es joven y estudiante; la adscripción
como estudiante representa una desventaja ante quienes son asumidos como
poseedores del saber legítimo. Más aún, esta situación se ve agudizada y
reforzada por castigos, violencias simbólicas –y también explícitas y directas–,
así como por tecnologías de disciplinamiento inherentes a la escuela, tal como
ya ha sido documentado en el análisis de los reglamentos escolares y su
carácter punitivo por el Instituto Nacional para la Evaluación de la Educación
(INEE, 2019). En suma, parece posible hablar de una estructuración de las
diferencias.
Al analizar las dinámicas escolares desde
la doble perspectiva docente y estudiantil, se hace evidente la persistencia de
las prácticas de diferenciación, exclusión y violencia. Incluso, en
trayectorias académicas avanzadas los estudiantes continúan siendo disciplinados,
formados por discursos de poder que atraviesan las subjetividades, las
voliciones y la moral. Ante esto surge la pregunta ¿en qué nivel de indefensión
–si verdaderamente es así– se encuentra un/una joven estudiante?
Así, los jóvenes están –al menos– en
una doble posición de estigmatización e incluso subordinación: por un lado, por
su condición de estudiantes y, por el otro, por su condición de jóvenes. A
dichas dimensiones se suman otros elementos como el sexo, género, color de
piel, trayectorias, orígenes socioeconómicos y otras más. Derivado de esto,
resulta necesario reflexionar sobre la condición juvenil-estudiantil como un
constructo cultural que articula ambas dimensiones y plantea el reto de ampliar
y problematizar dicha categoría. Si bien no es el objetivo central, sí se busca
visibilizar algunos de los elementos que la constituyen en relación con el
problema aquí planteado. De este modo, queda de manifiesto el vínculo
ineludible entre la escuela, sus estudiantes y la condición de juventud, lo que
exige profundizar analíticamente en este territorio.
3. Escuela, juventudes y
estudiantes
Para abordar la relación entre
escuela, juventudes y estudiantes, resulta necesario retomar brevemente el
surgimiento de la escuela moderna y su contrato fundacional (Frigerio et al.,
1992). En este marco, es pertinente recuperar algunas ideas básicas en torno a
la promesa y función histórica de la escuela, a fin de establecer contrastes
con el caso mexicano. En primer lugar, la escuela se presenta como un espacio
que potencia la posibilidad de emancipación de las y los sujetos; en un segundo
término, como un medio de movilidad social asociado al mérito escolar. A pesar
de lo anterior, y en sentido contrapuesto, es imperativo reconocer que la escuela
puede funcionar, a su vez, como un espacio de alienación respecto de otras
culturas y formas de conocimiento (Freire, 2003).
En relación con el primero de estos
elementos, la escuela moderna surge con la promesa de democratizar el
conocimiento y liberar las conciencias mediante el uso de la razón moderna,
entendida como la capacidad de descubrir las leyes que rigen al universo a
través de métodos establecidos. Bajo esta lógica, se asumía que dicho proceso
conduciría ineludiblemente al progreso de la humanidad, concebido como un avance
continuo hacia un mejor futuro. No obstante, estos métodos –presentados como legítimos
y ligados a una epistemología y concepción de ciencia eurocéntrica (Santos, 2018)–
dan lugar a otra cara de la educación: en su afán por democratizar el conocimiento,
la escuela tiende a presentar la cultura dominante como la única opción válida,
orientándola de manera prioritaria hacia la producción:
Se
trata de presentar “una” interpretación de la cultura, de la ciencia, del
hombre y del mundo. Se trata de fabricar al hombre que las condiciones actuales
reclaman: un ser que posea conocimientos y técnicas útiles y necesarias para
producir. Se le crea la ilusión de que el conocimiento científico es uno y que
con este conocimiento domina al mundo. (Díaz-Barriga, 1998, p. 214)
La escuela se presenta a sí misma
como emancipadora de los conocimientos y creencias medievales y arcaicos
(nombrados como falsos) a la vez que ofrece la posibilidad de movilidad social
y la promesa de bienestar a las juventudes, aunque, para lo anterior, es
necesario sacrificar y desdeñar otras formas de conocimiento y cosmovisiones. Por
otra parte, la alienación, en diálogo con la pedagogía crítica de Freire (2003)
produce un distanciamiento de las y los estudiantes con respecto a sus propias
experiencias, culturas e incluso con su capacidad de enunciar el mundo de
manera autónoma. Dicha noción se relaciona a su vez con la violencia simbólica
planteada por Bourdieu y Passeron (1996) configurando alienación pedagógica,
cultural e incluso lingüística.
Esta tensión entre la promesa
emancipadora de la escuela y los procesos de alienación juvenil-estudiantil obliga
a cuestionar de manera crítica los alcances reales de la educación moderna en
contextos históricos específicos. Si bien el pensamiento moderno se ha expandido
a escala planetaria cabría preguntarse, al menos en el caso mexicano: ¿En qué
medida es la escuela, en el siglo XXI, posibilidad real de movilidad y
bienestar para las y los jóvenes estudiantes? ¿Cuál ha sido el punto límite de
democratización y acceso de educación escolarizada para estos sujetos?
Para responder lo anterior resulta
pertinente retomar algunas ideas de Bourdieu (2002), quien reconoce a la
escuela como institución con capacidad de transferir/otorgar capitales como es
el cultural (conocimientos considerados como valiosos, hábitos, maneras de
hablar) y el institucionalizado que se traduce en certificados, diplomas y
títulos escolares que –al menos de manera parcial– se debieran traducir en
medios de poder para aspirar a oportunidades educativas, laborales e incluso
prestigio social. A pesar de lo anterior, Bourdieu y Passeron son claros al
enunciar su crítica a la escuela como institución pues esta tiene sus bases en la
acción pedagógica violenta que establece los conocimientos legítimos –presentándolos
como objetivos–, los cuales se equiparan a la cultura de las clases dominantes,
es decir, “la escuela legitima … la arbitrariedad cultural” (Bourdieu y
Passeron, 1996, p. 18).
En el mismo sentido se encuentra la
esencia y el valor del capital institucionalizado en relación con tres
elementos que resultan fundamentales: la escuela como reproductora del discurso
meritocrático, las expectativas sobre las y los estudiantes, así como sus
aspiraciones y las posibilidades reales de movilidad social. Respecto a esto,
ya Bourdieu (2002) había advertido sobre las consecuencias siniestras del
discurso escolar: si bien este último se basa en gran medida en una noción
meritocrática que transmite aspiraciones, la masificación de la educación ha
devenido en una devaluación de los certificados y títulos escolares
contribuyendo a crear expectativas poco realistas, ha creado brechas entre lo
que aspiran a ser y lo que realmente pueden alcanzar.
Si bien la promesa de movilidad se
construye desde los primeros niveles de escolarización y se consolida en el
bachillerato como etapa articuladora hacia la educación superior, es en esta
última en donde el capital cultural institucionalizado parece cobrar mayor
fuerza en el mercado laboral. De acuerdo con datos del portal del Instituto
Mexicano para la Competitividad (IMCO) las y los jóvenes de hasta 24 años que
cuentan con una licenciatura ganan en promedio 78 % más que sus pares con estudios
de bachillerato (IMCO, 2022), aunque habría que interpretar dicho dato con
cautela ante la necesidad de mirar elementos como las instituciones de egreso,
las carreras, regiones, trayectorias familiares y género, entre otros más. Más
aún, las y los jóvenes siguen considerando los estudios universitarios como
medio de movilidad e intentan ingresar a diversas instituciones de nivel
superior. Para ejemplificar lo anterior, basta señalar que la Universidad
Nacional Autónoma de México (UNAM) publica a través de su sitio una cifra que
podría resultar alarmante: durante los concursos de ingreso 2023-2024 de dicha
casa de estudios aplicaron cerca de 227 mil aspirantes y únicamente 26,713
obtuvieron un lugar, lo cual equivale al 11.7 % del total (UNAM, 2024). Derivado
de esto, habría que realizar serios cuestionamientos como ¿Qué capitales y
trayectorias intervienen al momento de ser aceptados o no en la UNAM? ¿De qué
modo se precariza a las y los jóvenes excluidos? ¿Resulta legítima la exclusión
del casi 90 % de los jóvenes que aspiran a ser estudiantes universitarios en
esa casa de estudios?
Lo anterior pone de manifiesto
algunas cuestiones como la efectividad y hegemonía del aún vigente discurso
sobre la meritocracia, y el valor que le es conferido a la escuela como medio
de movilidad, a lo cual cabe agregar lo ya mencionado sobre la arbitrariedad
cultural al momento de ser evaluados –examinados– los capitales considerados
como valiosos y deseables. En el mismo sentido habría que mencionar el peso de
las circunstancias de origen con respecto a la posibilidad de acceso a mayores
grados de estudio, pues ocho de cada diez niños, niñas y adolescentes terminan
apenas la educación secundaria si sus padres no terminaron la primaria.
Situación similar se presenta si se nace en los dos quintiles más bajos de la
distribución de riqueza, pues el 73 % de quienes nacen en dichos quintiles
permanecen ahí durante toda su vida (Centro de Estudios Espinosa Yglesias,
2019).
Así, parece correcto aludir a la
escuela moderna –como sistema de escolarización en sus diferentes niveles– inscrita
en un amplio contexto como medio limitado de movilidad social, portadora de un
discurso que alude al mérito y productividad, que desdeña otras formas de
saberes y conocimiento, así como la formación de identidades juveniles
estudiantiles propias. A este respecto, Valenzuela (2015) identifica un proceso
relacional que, a través del estigma, legitima la violencia no solo simbólica
sino incluso estética corporal de las y los estudiantes a través de reglamentos
escolares como bien lo menciona el INEE (2019). Esto es parte del juvenicidio
simbólico perpetuado a través de la institución escolar, es decir, la
violencia trasciende la legitimidad del saber y su arbitrariedad cultural para
extenderse a un discurso que se proyecta y se materializa sobre los cuerpos de
las y los estudiantes como bien apunta Foucault (2022).
A pesar de lo anterior, también se
reconoce que cada escuela presenta particularidades propias, las cuales se
construyen, en gran medida, a partir de los sujetos que la habitan y conforman.
Es en este sentido que las y los estudiantes no se encuentran completamente
sujetos a las lógicas de poder institucionales, sino que despliegan y
configuran formas de socialidad como parte de sus procesos identitarios y a
través de las cuales elaboran estrategias y modos específicos de vivir la
experiencia escolar. Estas prácticas serán abordadas con mayor profundidad en
el siguiente apartado.
4. Prácticas de
socialización, socialidad y subjetivaciones juveniles en la escuela
Como ya se ha apuntado, si bien la
escuela se encuentra situada en un contexto y coyuntura específicos, establece fronteras
con los contextos exteriores y entornos sociales que resultan más o menos
permeables, lo que le permite ejercer cierto grado de autonomía: “lo que ocurre
intramuros de la escuela no será totalmente dependiente de lo que ocurre fuera
de ella, pero posee un cierto grado de autonomía, por el cual en un mismo
contexto varios textos –instituciones– son posibles” (Frigerio et al.,
1992, p. 21).
En segundo lugar, parece válido
trasladar la idea anterior a las y los estudiantes y sus familias: si bien están
adscritos a un establecimiento escolar, la familia puede o no coincidir del
todo por lo emanado de la escuela y las y los jóvenes tienen capacidad de
agencia, de tal forma que interioricen gran parte de la lógica escolar,
establezcan estrategias de resistencias o incluso abonen a la recreación de las
formas y procesos de enseñanza aprendizaje. En este sentido, es imperativo
recordar que la propia escuela y su realidad social está conformada por sujetos
con diversidad de aspiraciones, voliciones, afectividades e intereses, en suma,
multiplicidad de historias de vida. Además, es indispensable agregar la
concepción simbólica sobre la escuela, pues, como menciona Duschatzky (1999),
tiene un carácter simbólico; el mero hecho de nombrarla remite a significados,
aunque las y los estudiantes pueden resimbolizarlos creando así nuevos
escenarios de sentido que pueden -o no- tocarse con los sentidos heredados.
Sumado a lo anterior, cada escuela representa un territorio para sus
habitantes, el cual es caracterizado en relación dialógica con las relaciones
cara a cara de quienes se encuentran en ella.
Derivado de ello es necesario aclarar
varias cuestiones. En primer lugar, se coincide con Guerrero (2006 y 2008, en
Weiss, 2012) cuando menciona que los jóvenes que llegan al bachillerato han
socializado un mínimo de normas y valores relativos al rol de estudiantes. Se
agrega además que este proceso de socialización continuará a lo largo de la
vida de las y los estudiantes a la vez que se integran a nuevas instituciones,
espacios y territorios. Sin embargo, es relevante
reconocer que las y los jóvenes no siguen fiel y ciegamente las normas
institucionales, sino que, por el contrario, al establecer relaciones con sus
pares forman nuevos grupos con normas y valores propios. Aquí cobra importancia
el concepto de socialidad propuesto por Maffesoli (2004, en Weiss, 2012)
el cual se refiere a superar lo racional dando paso a lo lúdico, estético y
sexual como intereses y curiosidades de grupos juveniles estudiantiles. Así,
los procesos de socialización y socialidad se darían a la par de un tercero, la
subjetivación, proceso que representa la re-apropiación y transformación de
normas y valores de la realidad social compartida con los pares. Cabe agregar
que, si bien tienen un mínimo grado de socialización de las normas y valores
escolares, las juventudes tienen menos apego a estructuras rígidas que las y
los adultos, lo que los habilita a vislumbrar nuevos horizontes de
posibilidades que puedan, a su vez, desafiar los discursos hegemónicos y
contribuir a la resignificación de instituciones como la escuela. Lo anterior
podría verse fortalecido por los procesos de socialidad y subjetivación a
través de los cuales formen redes horizontales basadas en afinidades y
solidaridades independientes de las jerarquías y estructuras tradicionales y
escolares.
En definitiva, los procesos de
socialización, socialidad y subjetivación mantienen un vínculo ineludible con
la formación identitaria de las y los jóvenes estudiantes. Dicha formación
puede entenderse como un proceso dialéctico en el que estas dimensiones se
entrelazan de manera compleja al integrarse como parte del fluir de la vida escolar,
posibilitando tanto la reproducción de estructuras y relaciones de poder como
la emergencia de alternativas y prácticas de resistencia.
Es en este entramado de relaciones donde
las y los jóvenes estudiantes se adscriben o se distancian –a partir de
procesos de agenciamiento individuales o colectivos– de identidades juveniles que
involucran estilos de vida, tipos de relaciones interpersonales, valores,
creencias, apariencias, lenguajes y comportamientos. Es decir, “configuran
agregaciones en el nivel simbólico y … dan lugar a la confluencia o comunión de
los códigos de interacción, símbolos de referencia y significaciones” (Medina,
2000, p. 108) que estructuran sus experiencias como jóvenes estudiantes.
En los espacios escolares, estas
dinámicas permiten resignificar prácticas culturales, aspiraciones, deseos y
horizontes de posibilidades. Lo anterior no implica el abandono total de la
cultura hegemónica-gerontocrática, sino que su encuentro con la cultura
juvenil-estudiantil abre un abanico de respuestas posibles –que van desde la
adaptación y la simulación hasta la resistencia– frente a las expectativas y
exigencias de las generaciones adultas, frecuente mente encarnadas por la
institución escolar.
Conclusiones
La juventud, lejos de ser una
categoría neutra, se configura histórica y contextualmente como campo de
disputa en el que se interseccionan relaciones de poder, expectativas sobre las
juventudes y procesos de intersubjetivación y socialización. Si se asume como
válida la tesis de Bourdieu (2002), la escuela puede comprenderse como un
dispositivo que impone y reproduce violencias simbólicas y arbitrariedades
culturales sobre las y los jóvenes estudiantes. A pesar de lo anterior, la
escuela es también un territorio (geográfico, simbólico y cultural) habitado
por juventudes en el que se configuran y negocian identidades, al tiempo que se
despliegan capacidades –siempre situadas– de resistencia y de construcción de
socialidades alternativas. Estas dinámicas generan tensiones que se intensifican
por la doble condición de ser jóvenes y estudiantes que, si bien les posicionan
en un lugar de subordinación gerontocrática e institucional, también habilitan
formas de agencia creativa ante los procesos descritos.
Por otra parte, la escuela –entendida
aquí como una derivada de la modernidad y reconfigurada bajo lógicas
meritocráticas y neoliberales contemporáneas– continúa promoviendo y
prometiendo la movilidad social a través del discurso meritocrático, aun cuando
dicha promesa no se refleja en la realidad mexicana. Si bien ha existido una ampliación
considerable del acceso a la educación media superior, este proceso no ha
tenido un impacto significativo en la reducción de las brechas de clase, sino
que ha contribuido a reconfigurar los mecanismos mediante los cuales estas se
reproducen. La reflexión desarrollada invita a repensar la escuela moderna y a cuestionar
la naturalización de las violencias simbólicas en las aulas para así dar pie a
la construcción de espacios educativos y democráticos que reconozcan a las
juventudes estudiantiles como sujetos políticos, con capacidad de decisión sobre
sus procesos formativos y que, desde una lectura crítica de la colonialidad del
saber, les permita descolonizarse de los mandatos adultos.
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